martes, 16 de julio de 2013

Genealogías


El año pasado, durante unos meses, construí mi árbol genealógico.

Descubrí que pese a mi apellido y nuestra cultura familiar mis ancestros son cuatro octavos italianos, dos gallegos, uno riojano-español y solo un octavo vasco. Buscando como una detective en partidas digitalizadas y revisando en las arcas familiares papeles de más de ciento treinta años, llegué a anotar en mi árbol a más de dos mil personas. Mejor dicho, dos mil nombres.



Cuando los tuve ahí, sentí la urgencia de que me dijeran algo, de ver sus rostros. Imposible: las clases medias no tenemos más linaje que dos pares de abuelos, la memoria de los ancestros tuvo miedo al agua y no cruzó el mar jamás. Pero aún así, refregaba los datos unos con otros y descubría cosas: aquella mujer se había mudado al pueblo de su esposo después de casarse y su hermana al poco tiempo había contraído matrimonio con su cuñado (tal vez porque la extrañaba), ese hombre se casó con la hermana de su esposa cuando ella murió, aquella pareja intentó tres veces tener una hija llamada Clara e insistió en desenterrar tres veces el mismo nombre de la tumba de una niña, pero todas parecían destinadas a morir.

En los registros se señalaba que algunos eran bastardos: ellos llevaban el apellido de la madre como un falso linaje femenino, puesto que en el fondo, a las mujeres nos está negado legar el nombre a la descendencia en el mundo católico. Imaginaba entonces a aquellas madres solas y atemorizadas, cargando a sus hijos a las iglesias (iglesias de piedra que existen hasta hoy) donde los curas, con pocas ganas de fijar la grafía de los nombres, anotaban a los niños uno debajo del otro en gruesos papeles. Pero también veía a los que, con alegre paso, volvían al lugar donde hace poco se habían casado, ahora con el fruto de su amor en los brazos. Y sonreía al mirarlos: ellos tal vez no recordaran que en ese templo habían llegado, un invierno, sus recientes padres para celebrar su bautismo y no sabrían de seguro que años después su tercer sacramento registrado, el de la muerte, se llevaría a cabo bajo el mismo techo. Miraba entonces a aquellas criaturas con ternura, puesto que en esos pocos paseos monte arriba y monte abajo que certificaban las actas, adivinaba la ilusión efímera, el dulce devenir ineluctable de la vida humana.

También descubrí que la gente no moría ni se casaba tan joven como yo pensaba y que, extrañamente, muchos de sus nombres eran aún los nuestros. Pero lo más interesante era plantearme preguntas cuyas respuestas sabía de antemano sepultadas: ¿Cómo fue que aquel joven, cuya familia había permanecido más de 10 generaciones en la misma tierra, se animó un día hacia el confín de la comarca? ¿Cómo, allí, conoció a mi bisabuela? ¿Y qué habrá sido de todos aquellos cuyo nombre desconozco? ¿Y qué pensaría alguno si supiera que su tataranieta se casó con el tataranieto de su hermano, sin saber que tenían ancestros comunes? ¿Hasta qué generación llega el incesto? ¿Y qué dirían de nosotros?

No habrán podido ver en el porvenir más que repeticiones inagotables, variaciones de unos cuantos elementos combinadas al infinito: el campesino, el ladrón, la madre, la loca, la monja, el adelantado, el rebelde, el rico, el pobre, el asesino, el santo. Pero así como yo no puedo reencontrarlos en un relato del pasado, ellos tampoco han podido imaginarme. Nadie, o pocos, sueñan más allá de los nietos y los bisnietos. El doceavamente tatarabuelo Juanchín habrá imaginado a su doceava tataranieta Aldana como algo imposible, como una semilla de nombre repetido en el vientre de sus nietos, como un futuro congelado de tanto querer avanzar. Después de todo, el futuro no es más que lo que no existe, y el pasado ya se ha desvanecido.

¿Y qué hubiera pasado si nosotros hubiéramos nacido allá, en casas en las que todos los fantasmas nos pertenecían, en pueblos en los que cada roca era la tumba de un ancestro, en donde lo viejo se patea a cada paso? ¿Hubiéramos sido más nosotros? ¿Hubiéramos descubierto el secreto? ¿Algo oculto e infinitamente nuestro se nos revelaría en cada lápida?

Ahora que tengo una lista de apellidos inmensa, me siento en parte hermana de miles de otros. Y me aferro al nombre, a la palabra, como si fuera una tablita en medio del océano naufragado: no quiero reconocer que esas letras no valen nada y que era obvio que estaba exponencialmente vinculada a todo lo humano. Me da vértigo pensar que si unos monjes medievales se hubieran puesto antes a hacer partidas, tal vez resultaría que tengo algo de egipcia, de kurda, de rusa, de australiana. Enfrentarse a esa disgregación exponencial hacia el origen es, a la vez que un abismarse en lo desconocido, un maravillarse por todas aquellas uniones, todos aquellos encuentros, todo lo todo que fue necesario para llegar a ser un uno. Y me siento una especie de holograma del universo.

2 comentarios:

  1. A mí, siempre me intrigó eso del pasado familiar. Supongo que por tener la certeza de que los pobres no tienen árboles genealógicos. De cualquier modo, sé que Selorio y Santalla da Devesa son mis parientes, quiero decir, ya no solo los habitantes, que se cruzan unos con otros (mi vieja tiene una prima en común con su pareja, medio cementerio es Cobián como ella y el otro medio Olivar como él), sino que soy pariente de la tierra misma, que estoy hecha de ese barro. Quizás, por eso uno siente tanto el desarraigo porque literalmente me arrancaron de allá para transplantarme acá. Y qué hay de esos Alonso que son mis parientes en silencio porque mi bisabuela no llevó el apellido de su padre, sino los dos de su madre.

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    1. Por eso a mí me gustaría tener una tierra, estar en una tierra mucho tiempo, y que allí nazcan mis hijxs y mis nietxs y que allí me entierren

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