lunes, 19 de diciembre de 2016

Los falsos fantasmas de las navidades presentes


0-Enseñarles a los niños a creer en Papá Noel solo sirve para que de grandes desconfíen de la tele
En una sociedad que se vanagloria de su respeto a los más pequeños bajo los ostentosos trajes de los Derechos del niño o de la lucha contra el trabajo infantil subsiste una mentira disfrazada de cariño. Cada navidad los niños y niñas de mi país son objeto de una bienintencionada farsa que se llama Papá Noel, perpetuada sin miramientos por generaciones tras generaciones de madres, padres y abuelos, bajo el nombre de la tradición. Y quizás vaya llegando la hora de que el engaño termine.
No soy un grinch: no tengo nada en contra de la navidad, ni de dar regalos, ni de preservar tradiciones, festejar o creer en cosas a simple vista imposibles. Pero me rehúso a mentirle a mi hija, a hacerle creer lo que se que es patentemente falso.

I- Ya estamos grandes para mentir…
Es que, si se lo piensa un poco, lo del Papá Noel es la mentira mejor montada que vivimos hoy en día. Sí, hay quienes pueden decir que ese galardón le corresponde al sistema capitalista, a las religiones, las guerras, los estados, a cualquier otra entidad. Pero eso no sería cierto, porque aunque esas cosas fueran falsas, muchas de las personas que las pregonan y las defienden creen en ellas, piensan que son ciertas. Y sin embargo no conocí ningún mayor de veinte años que crea en Santa Claus, y aún teniendo la certeza de que no existe, de que es puramente una invención, se esfuerzan por todos los medios en convencer a otros de su existencia. Eso, lo pinten como lo pinten, se llama mentir.

II- …alevosamente.
Al principio eran hombres con barbas de algodón disfrazados en los negocios (sobre el link Papá Noel-consumismo no hace falta que agregue nada), luego se agregaron las películas hollywoodenses, los noticieros que relatan las peripecias de los trineos (pero demasiado cerca de las noticias de suba de precios de juguetes, claro) y finalmente Internet, con aplicaciones para seguir el paso de Santa Claus y videos personalizados en donde él mismo te nombra y te pide que te portes bien. Y, como si fuera poco, la palabra. La palabra de todas las personas en las que un niño confía. La palabra unificada que asegura que es verdad que en el Polo vive un hombre vestido de rojo que trae regalos. La palabra falsa que se mantiene, fosilizada en su engaño, buena parte de los primeros años de vida.

III-No son ellos, somos nosotros
No es que los niños sean crédulos, es que se los manipula con demasiadas evidencias, se montan demasiadas pruebas. No es que les guste creer mentiras, es que los engañamos muy bien. No es que no razonen, sino que deberían ser demasiado malvados para creer que todos les mienten, que están frente a una confabulación que alcanza desde el kiosco de la esquina al jardín de infantes y las cadenas de televisión.
No es una mentira “piadosa”. Estas, si existiesen, se esgrimirían para consolar a los tristes, para evitar una angustia. Convenciendo a los niños de la existencia de Papá Noel (y vaya que nos esforzamos para convencerlos con tanto traje, carta, película y regalo) no se evita ninguna pena, ni siquiera se gana una alegría nueva. ¿Acaso no son los niños capaces de sorprenderse ante un regalo inesperado, o de ser felices con la alegría de una fiesta familiar?

V- …los que no creen en nada
Les mentimos a los niños para que crean, porque nosotros ya no podemos hacerlo, y nos alimentamos del brillo de la magia en sus ojos. Es llamativo que en las sociedades cristianas en donde el peso de la religión cae, el valor de Santa Claus suba: cuando ya nadie quiere creer en nada, no queda más que disfrutar de ver soñar a los más pequeños.

V- Tradiciones injertadas
Hay quienes se escudan en la tradición. Pero tampoco. El Papá Noel que conocemos hoy en día tiene menos de cien años de existencia y sus apariciones son bastante limitadas. Muchos países europeos se niegan a aceptarlo, porque lo ven como un impostor que le quita la navidad a su verdadero personaje principal, Jesús. Mezcla de monje griego, dioses paganos, reyes magos bajo la forma de dibujos del siglo XIX, Papá Noel llegó para reemplazar la navidad en los países en los que el nacimiento del hijo de María ya no conmovía a nadie. La sociedad necesita que los niños crean en Santa, porque ellos mismos no pueden creer en Dios. ¿Y cómo podrían creer en algo, si los adultos de hoy fueron criados en la mentira y su posterior desengaño?

VI- La pérdida
Es que después de una gran farsa, llega la desilusión. Yo ya me había dado cuenta de que el mundo era cruel, de que existía la muerte, de que no era posible hacer realidad todos mis deseos, de que había gente malvada y de que no todo tenía un final feliz. Pero siempre quedaba Papá Noel, mano visible de Dios, representación de todo lo bueno, el pilar sobre el que sostenía mi fe en un mundo mejor, más hermoso y justo, en el que la bondad importara más que el dinero. Claro que había cabos de la historia que no cerraban: cómo podía traer juguetes de marcas, por qué había tantos Papá Noeles apócrifos (tenía imaginación y no era tan tonta como para dudar que volar y estar en muchos lugares a la vez fuera posible), pero para quien quiere creer en algo, es fácil rellenar contradicciones. Hasta que un día llegó la decepción y todo cayó junto. Si querés un hijo que dude de todo, que sienta que todos le mienten, que desconfíe de todo y que piense que solo los estúpidos creen en lo maravilloso, entonces tal vez sea una buena idea decirle que Papá Noel existe.

VII-La ficción
Detrás de todo se esconde, además, una profunda subestimación de la capacidad de comprensión de los niños. Desde pequeños, los chicos pueden discernir entre distintos mundos, y saber que los personajes de los cuentos, por ejemplo, tienen una existencia distinta de las personas que conocen. En otras palabras, son capaces de diferenciar realidad y ficción. Esto no quita que dejen de gozar de lo ficcional: tal como nosotros disfrutamos de una película o una novela, sin creer que existe en la realidad, pero sabiendo que lo que sucede allí tiene entidad en un mundo otro, en un mundo posible que no es el nuestro. No creen que el juguete de su personaje favorito sea ese personaje, no creen encontrar a Caperucita en el camino a la casa, distinguen perfectamente entre una cosa y la otra.
La tontería del adulto está en pensar que para el niño solo existe el mito o la realidad descarnada, y negarle de plano cualquier acercamiento al símbolo, a la metáfora. A diferencia del Islam donde los rituales religiosos son una representación, una conmemoración o un recuerdo de algo[1], para muchas creencias el mito es verdad. El mito se repite, se actualiza en cada ritual, no es historia pasada. Helios no condujo su carro de oro una vez, sino que lo hace cada día produciendo así el nacimiento del sol, la eucaristía no “representa” el cuerpo de Cristo vuelve a ofrecer cada domingo.  Tal vez sea por su origen pseudocristiano que en nuestra sociedad no haya más destino para Santa Claus que debatirse entre existir y no existir, entre la verdad y la mentira, entre el mito y la realidad, olvidando que en el medio de ambos se encuentra la inagotable tierra de la fantasía.

VIII-Hacerlo fácil
No es ético hacerle creer algo falso a alguien solo porque pensamos que la mentira lo alegraría. Si no, los padres deberían aceptar que sus hijos fragüen con buenas notas los boletines escolares, y los enamorados, como en las películas, podrían pretender que son millonarios cuando son mendigos solo para conquistar a la persona de sus sueños. No hay una moral distinta para cada edad: mentirle a un niño es eso, mentir.
 “Hay una leyenda de un hombre gordo llamado Papá Noel, y para celebrar su historia, en las casas en las que les interesa, todos les regalan presentes a los niños”. Cualquiera puede entenderlo. No miente, no engaña, no quita ninguna ilusión, no decepciona. La dicha solo puede proceder de la verdad.





[1] En el día del Eid, por ejemplo, no se sacrifica el cordero que Abraham sacrificó, se sacrifica otro cordero, en recuerdo de aquel. No hay necesidad por lo tanto de hacer creer que existe un cordero inmortal que regresa siempre para ser sacrificado, basta con recordar la historia y entender su simbolismo.

lunes, 17 de octubre de 2016

Esbozos de una anatomía del piropo

1- Hoy, doce del mediodía, calle céntrica.
Una chica joven camina. Un hombre que tiene como mínimo 10 años más que ella va por la misma vereda, en dirección contraria. Y le dice algo. Ella, entre sorprendida y altiva, le pregunta "¿qué me dijiste?". Él le responde y cada cual sigue su camino. De la chica solo alcanzo a ver la espalda, pero él pasa a mi lado arrastrando una sonrisa canchera.
2-
Hay quienes creen que el piropo es un arte. Muchos argentinos lo consideran parte del folklore nacional, como el tango y el malambo. Lo mismo diría un kirguíz sobre el robo de novias, un cantonés sobre los pies de loto o un somalí sobre la mutilación genital femenina. No es extraño, tradición y patriarcado son hilos que urden bien trenzados en la tela de la cultura/sociedad. 
3- 
Originalmente un "piropo" era una joya. Para algunos es un sinónimo popular de "halago". Pero no. El piropo es abuso. Es acoso. Es, en definitiva, un robo.
4-
El piropeador nunca detuvo su marcha y se alejó sonriendo. Su objetivo no era seducir, si no se hubiera quedado, hubiera tratado de acercarse a la chica, de acompañarla, de conocerla. Su objetivo no era halagar, porque se elogia con humildad, y a él lo señalaba su gesto pícaro. El piropo es una apropiación furtiva y fugaz del cuerpo de la otra (del otro) a través de la palabra, un pequeño gesto de vandalismo genérico. Piropear es mear el árbol del otro para dejar marcada la propia firma. Piropear es autoafirmarse a expensas del otro, es pisar al otro. Con o sin maldad, con o sin alevosía. 
5
El acto de piropear está formado por una materia que si se la mira de cerca, es muy parecida a la del manoseo festivo, más tosca. Y es solo una cuestión de grado ( y de odio), lo que lo aleja del acto de violar.
6
De hecho, ¿decir "piropo" no es ya una condescendencia machista a una cultura machista? ¿no es en sí un ocultamiento? La verdadera palabra es acoso. Para algunos acoso es una palabra fea, mientras que piropo les suena a algo inocente, a juego de calesita. Pero no. Que te manden todos los días a tu casa algo que no pediste es acoso, da igual si son rosas, peluches o anónimos de amenaza. 
7
Porque, si fuéramos a poner un límite y si el límite debiera ir en el contenido del mensaje ¿en dónde estaría? Si alguien me dice "me gustan tus manos" es halago, pero si me dice " me gusta tu culo", ¿ahí sí me está acosando? . ¿Y "me gusta tu cuerpo" o "qué linda que sos",  "se te cayó el papel",  "te parto"?. No hace falta erguirse en agrimensor de la moral y las buenas costumbres para separar astucia de guarangada, porque no hay línea divisoria. Todas son palabras no deseadas, palabras que se creen con derecho a hablar sobre mí, a tocarme, palabras que no me pidieron permiso, palabras no consentidas. Son todas distintos colores del acoso. Si te suena como una definición que no se acomoda a tu intención, entonces dejá de hacerlo.
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E incluso son las formas más "poéticas" o "agradables" las que más daño hacen, porque instauran la sospecha de que "las chicas se quejan pero les gusta", de que sólo hace falta insistir más, porque son todas un poco tímidas pero también todas putas o histéricas y dicen que no pero es un sí.
9
"¿Y si nos fijáramos en el contexto?"- retrucan los incrédulos. No hay más que las ridículas leyes no escritas de una sociedad hipócrita: "Si te lo dicen bajando la velocidad desde un auto: acoso de una, desde una bici: dudoso, a pié: todo bien.  De día: joya de la picaresca popular. De noche: amenaza". Lo repito una vez más: es todo lo mismo.
10
Para que cese la violencia hay que detener la estructura simbólica que la sostiene, y desarmar los miles de pequeños gestos, en apariencia inocentes, en los que se sustenta. No basta con lograr que nuestro cuerpo sobreviva o se escabulla a la brutalidad del maltrato. Para ser libres hace falta también dejar de ser señaladas por el discurso del otro, porque señalar ya es una forma de violencia, de cosificación, de sujeción. 

jueves, 16 de julio de 2015

Camino de la frontera VI: Tacuarembó, corazón verde del Uruguay

"Por un lado está lo existente, con sus costumbres y sus certezas. 
Y de certezaseste veneno socialse muere"
Ai ferri corti

Cansada de cargar mi mochila y del sol de la mañana, me alejaba de Rivera en un micro mojado por la lluvia. Viajaba al centro de Uruguay y me hablaba a mí misma en portunhol. No imaginaba cómo parar mi sed viajera porque me sentía leve conociendo, conversando, aceptando la variedad de cada día con sus novedades y dejando atrás un puñado de amigos recientes. Desde la ventana veo un parque que nuevo: siempre pasa lo mismo, la ciudad se despide burlándose de nuestra pretención de haberla conocido. Y mientras me pregunto si aquel micro será el correcto, porque nadie me pidió el pasaje, retomo mi lectura en el lugar en el que la dejé 3 días atrás, una eternidad atrás.

lunes, 6 de abril de 2015

Nuevo Blog!!


Queridos pensadores:
este blog seguirá su camino de pensamientos. He abierto otro dedicado a los viajes por las tierras del Islam
Súmense a la caravana,bienvenidos a Carvansaray
www.carvansaray.wordpress.com

jueves, 26 de marzo de 2015

Camino de la frontera V: Las musulmanas de Rivera

Parecía como si Rivera contuviera dos mundos.  Por un lado el reino sin tiempo del departamento, situado espiritual o lingüísticamente (que es lo mismo) en Uruguay. Allí pasaba las horas de la noche y del descanso. Por otro lado estaba la calle en donde exploraba sin rumbo la vida en la frontera, la voluptuosidad del verano brasilero.
Cuando el lunes por la mañana volví mi cama al modo sofá, terminé de limpiar los restos del desayuno y me hice con las llaves, a penas contenía la emoción de la aventura. Sentía esa especie de gracia viajera, la llamada ansiosa de la ciudad.

domingo, 1 de marzo de 2015

Camino de la frontera IV

IV- Los Fernandos

-Les pedimos a todos que se abrochen los cinturones de seguridad porque así lo manda la ley brasilera- dijo en portugués el joven cobrador del micro. Me dí vuelta y le pregunté en el mismo idioma a un hombre sentado en el asiento de en frente si debía sacar boleto en la ventanilla o si podía hacerlo sin bajar. Y me respondió en perfecto español que cualquier opción era válida. Viajaba en la frontera y la mixtura era ley.

domingo, 15 de febrero de 2015

Camino de la frontera III

III- Nicirin, Guaraná palestina

El paisaje de aquel Uruguay profundo era la lluvia. El verde de la pampa interminable se estrellaba contra el gris del aire. Desde el medio del vacío aparecía una familia callada, que subía al colectivo en silencio y estrechaba el rostro contra la ventana mojada antes de volver a bajar y perderse de nuevo en la vastedad.
Poco a poco la llanura era interrumpida por el cauce angosto y fuerte de arroyos y ríos turbios, tantos que nadie se ocupó en poner sus nombres en un cartel. Las palmeras iban ganándole terreno al vacío. Y aparecían a lo lejos la silueta algunos montes perdidos entre la niebla y el griterío del verde. Era uno de aquellos trayectos en los que cuando se llega al primer conjunto de casas uno advierte que llegó a destino, porque el mapa no indica nada más que soledades y líneas sin puntos. Y no me equivoqué, eso que veía por la ventana (siempre el camino hasta las terminales tiene cara de barrio) era Artigas.